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Púlpito en la Antigua Misión de San Miguel Arcángel, Mocorito

En el añejo conjunto misional de Mocorito, la edificación jesuita más compleja construida en el estado de Sinaloa, se dejan ver todavía los lenguajes arquitectónicos que se emplearon durante el proceso de evangelización jesuita. En contraste con ello, se advierten algunos reflejos tenues de un lenguaje barroco que a mediados del siglo XVIII, recién se aprehendía en Sinaloa. Mismo que se expresó con mayor vehemencia en el exquisito púlpito de madera que se encuentra en el crucero del templo.

            Caso ejemplar de mobiliario religioso, el púlpito del templo de Mocorito, se ha convertido hoy día en pieza única. Por su singular expresión toma ese carácter de infrecuencia. En éste, se recurrió a las formas más sublimes del barroco mexicano, adquiriendo una calidad de excepcional valía para el arte sacro en Sinaloa.

            Totalmente tallado en madera, este púlpito ostenta en el antepecho cuatro tableros rectangulares en cada panel. Tanto en el tablero superior, como en el inferior, se exponen motivos de ornato idénticos; un par de pequeñas cartelas abultadas, cobijadas por un resalto en "T". En los dos tableros ubicados hacia el centro del panel, aparecen un par de recuadros abiertos que envuelven cada uno, a una roseta labrada.

            El antepecho se sostiene por una cruceta compuesta de zapatas con un sinuoso recorte mixtilíneo, las cuales confluyen hacia el centro, sitio desde donde arranca un extraordinario soporte formado por la combinación de diversas formas, muy características dentro del repertorio formal en el lenguaje barroco.

            El soporte emerge de una base que genera también, una cruceta, que forma la intersección de un par de zapatas mixtilíneas, de cuyo centro parte una moldura en cuarto de caña, que posteriormente da lugar a una estrecha garganta configurada por una escocia que luego continúa en una media caña que abre el primer segmento ornamental.  

            El primer modulo lo forma un cubo, que en sus cuatro caras está ornado por guardamalletas que encierran una superficie con textura apiñada, todo,  coronado por un par de roleos convergentes. Separando la primera, de la segunda parte, un toro en revolución aparece tanto en la parte baja, como en la parte alta de la fracción central. La cual es ocupada por un fanal, que entre la voluptuosidad de los sinuosos roles, y enmarcada por una serie de pétalos, muestra un ovalo de textura también apiñada.   El tercer modulo, del cual brota la cruceta en la que se apoya el antepecho, es idéntico al primero, culminando de la misma manera en una estrecha escocia. Todavía conserva su tornavoz original, el cual pende del paramento interior del templo, recordando la forma de un dosel, este se forma por una cubierta de media naranja, adornado por colgantes guardamalletas.

Púlpito en el Templo de San Sebastián en Concordia

Dentro del espacio que ocupa la nave del templo parroquial de la antigua villa de San Sebastián, hoy cabecera municipal de Concordia, existe un elegante púlpito de madera, el cual convive contrastando con el lenguaje neoclásico de los retablos, los que se agregaron al templo en intervenciones realizadas durante el siglo XIX.

            El púlpito del templo de San Sebastián en Concordia, se compone por un cuerpo que describe una forma octagonal, apoyado sobre un sencillo soporte que evoca las formas del estípite. El antepecho cuenta con siete paneles ricamente decorados con roleos y lacerías que en la ondulante descripción de un rectángulo, encierran una superficie con textura apiñada. Pequeños rombos en punta de diamante están apretujados entre sí, envueltos por formas vegetales que le dan al tablero un exquisito refinamiento.

            Las líneas horizontales son enfatizadas en este mueble por las molduras de los cornisamientos superior e inferior del antepecho. Con una mayor complejidad la cornisa inferior, ensambla el cuerpo del púlpito con la esquemática figura del estípite que da forma al soporte. El cuerpo del antepecho es recibido directamente por un bulbo prismático, sobrio, sin decoración alguna, forma parte integral del estípite, el cual baja al piso en una sucesión de estipos superpuestos en los cual se apoya. 

            La basa del estípite se encuentra oculta, probablemente sepultada dentro del cuerpo del piso de cemento, mismo que manifiesta un evidente cambio de nivel, derivado de una alteración reciente. 

La arquitectura funeraria de Sinaloa

En la historia de la humanidad el rito a la memoria de los ancestros siempre ha  estado presente. Desde la prehistoria, el hombre en su búsqueda por explicarse y entender ciertos fenómenos de la naturaleza, generó dentro de sus manifestaciones culturales algunas prácticas rituales. Así ante la pérdida de un ser querido miembro del clan, tribu o familia, diversas culturas primitivas de Asia, Europa y América coincidentemente crearon una misma forma de culto a la muerte; cubrían con cinabrio los restos del difunto. En admisible búsqueda de resignación y esperanza en alguna forma de resurrección, espolvoreaban este mineral con la certeza de que algún día la intensidad de su natural color rojo, devolviera la fuerza vital llegando el momento de la ansiada “vida después de la muerte”.

            Algunos pueblos dentro de su desarrollo cultural, cubrieron los rostros de sus difuntos -generalmente los de cierto linaje-, con mascaras mortuorias para que al retornar el espíritu reconociera sin dificultad el cuerpo.

            Asimismo para conservar en la memoria del grupo humano o familiar el recuerdo del difunto, se construye en torno al despojo humano alguna forma de arquitectura conmemorativa, que va desde los túmulo -sencillos montículos de tierra-, hasta los grandes y suntuosos mausoleos. De esta manera se origina el monumento funerario, y es precisamente esta manifestación de cultura lo que da origen al concepto monumento, etimológicamente derivado del latín monumentum. Tanto en esta lengua como en varias lenguas modernas, monumento significa: Todo lo que recuerda algo, lo que perpetúa un recuerdo. Y este es precisamente el objetivo del monumento funerario el perpetuar el recuerdo de alguien, a través del cúmulo de tierra, la cruz de madera, la piedra o el mármol.

            Por otra parte, sabido es que una manifestación regional de la cultura prehispánica, es la forma en que los antiguos indígenas de Sinaloa solían sepultar a sus muertos, depositando los restos en grandes ollas de barro, dispuestas con diversas ofrendas, estas urnas eran depositadas a menudo dentro de la misma aldea, junto a las viviendas, donde la vida cotidiana continuaba. De la interpretación arqueológica se desprende que las ofrendas acompañantes de los entierros, son indicativo entre otras cosas, del sexo y actividad del personaje sepultado; así, cuentas de collar, malacates de barro, metates, puntas de flecha, brazaletes de concha y bezotes de obsidiana entre otros objetos formaba parte del acompañamiento distintivo para el difunto.

            A partir del siglo XVI se introducen a Sinaloa las costumbres funerarias que regían la tradición católica española, llegan formando parte de la cultura novohispana; el hábito de construir un cementerio junto al asentamiento, además de sepultar en el atrio, e inclusive al interior del templo parroquial a personajes de cierto linaje.

            Sobre el uso del atrio de los templos para sepultar a la estirpe de mayor prosapia, subsiste como testimonio el archivo parroquial de Mocorito, donde los registros de recaudaciones por inhumación de párvulos en el atrio indica eran para las obras del coro. Igualmente en Tabalá sus evidencias materiales delatan esta costumbre; al poniente y hacia al sur del atrio, el entorno del templo todavía se conforma por varios monumentos funerarios de diferentes épocas: todavía con reminiscencias de la arquitectura funeraria novohispana, destacan las estructuras “botelliforme”, que a partir de pequeñas bóvedas de cañón descuellan en el extradós con un apéndice que se prolonga. Las ideas formales del siglo XIX se advierten en las estructuras caracterizadas por la sobreposición de gavetas rematadas en frontis triangulares o conopiales, lo mismo que por la tumba que se engalana por un sencillo baldaquino. Es pues el atrio de Tabalá con tan pocas estructuras mortuorias, un excelente muestrario de la arquitectura funeraria.

            Dentro de la geografía sinaloense resultaría harto difícil destacar todos los ejemplos de arquitectura funeraria que existen, sin embargo justo es señalar que la selección expuesta resulta un tanto reducida al seguir una lógica basada en las zonas geográficas del estado, la cual termina siendo un tanto injusta considerando la riqueza que nuestra entidad cuenta en sus cementerios.

            Del norte destacan los dos cementerios de la antigua villa de El Fuerte, uno posee la singularidad de su origen como panteón familiar, con el excelso mausoleo de la familia Orrantia, descifrado por una original planta de cruz griega que remata en una bóveda de media naranja. Por otra parte en el panteón municipal destaca la exquisitez del trabajo en las piezas de canteria, que ornamentan las columnas estriadas de los mausoleos que van del más puro neoclásico al más extravagante eclecticismo, y que decir de la abundancia de las estructuras que siguen la tipología del obelisco, adornados por cortinajes, orlas y las guirnaldas que enmarcan las lapidas. Asimismo resulta incuestionable la importancia de las manifestaciones materiales en el cementerio de la antigua villa de Sinaloa, con sepulturas de proporciones monumentales, y sobretodo las que aun muestran testimonios del periodo novohispano en sus inscripciones.

            Por otra parte destaca el cementerio de Badiraguato, exactamente en la entrada que llega de la región costera se encuentra el Panteón Municipal. Fundado en 1842, describe un rectángulo circunscrito dentro de una gruesa barda de cal y canto, ornada por espaciados merlones de piedra, además de un sencillo arco escarzano que enfatiza el acceso al camposanto.  A un costado del conjunto se encuentra un elemento excepcional, una capilla para oficios luctuosos, a la cual se ingresa por un acceso lateral desde el exterior. De sobria factura, el ornato del ingreso a la capilla se limita a un enmarque de cantería rematado por una cartela, donde se lee la fecha 1842.

De la región central de Sinaloa destaca en Culiacán el cementerio ubicado en el sector del tradicional “Mercadito”, por la calle Benito Juárez se encuentra el Panteón San Juan, puesto en servicio desde el 13 de mayo de 1844, a iniciativa  de Don Lázaro de la Garza y Ballesteros, obispo de la antigua diócesis de Sonora. Lleva el nombre de este santo, por el hecho de que los fondos obtenidos de las ventas de terrenos para sepulcros, tenia por meta recabar recursos para la construcción del colegio religioso de “San Juan Nepomuceno y Santo Tomás de Aquino”. Delimitado por una barda de piedra, con un ingreso que forma un arco escarzano y que originalmente presentaba un alto remate curvo, hasta que en una funesta intervención realizada a finales de los años 70, se le hizo un rebaje, perdiendo el carácter virreinal que su forma original le imprimía. En su interior existen diversos monumentos funerarios, algunos dignos de citarse por la pertinencia de su lenguaje arquitectónico, otros por el valor histórico que para la ciudad y el estado representan, tales como las tumbas de Francisco Cañedo, Buelna, uno de la colonia china, y hasta la de una misteriosa “Margarita Gautier”, acaso una interesante broma o amoroso homenaje de un admirador de “La Dama de las Camelias”.

            Por su parte, en la región meridional de Sinaloa destacan los cementerios de Mazatlán, en particular el conocido como “numero dos”, allí los lenguajes decimonónicos de su arquitectura explican la riqueza del emporio industrial sinaloense durante el siglo XIX, donde reposan los restos de importantes personajes de la historia económica, política y cultural de la región. Igualmente en El Rosario, se localiza el “Panteón Español”, construido a principios del siglo XIX en la última etapa del periodo colonial. Una de las primeras obras de arquitectura que en Sinaloa dejo entrever el lenguaje neoclásico, aún entre el barroquismo de los arcos invertidos en la barda que circunscribe el espacio octagonal del cementerio. La portada se resuelve bajo un esquema sencillo, dos pares de columnas adosadas del orden dórico, sostienen un entablamento enriquecido con triglifos. Las columnas se apoyan sobre dos gruesos pedestales. Todo esto enmarca el acceso resuelto en arco de medio. Remata el conjunto una cartela flanqueada por dos pares de pilares mortidos. Dentro de este espacio funerario, se encuentra un excelente muestrario de monumentos luctuosos, algunos realizados en cantería, donde se muestra el más rico repertorio de lenguajes con influencia todavía colonial, en evidente contraste con otros sepulcros de corte ecléctico.  No obstante a las intervenciones realizadas en los últimos años, donde sufrió algunas alteraciones formales con un remate que se antoja un tanto ficticio, este conjunto funerario todavía luce sus evidencias históricas.

            Sinaloa tiene sus propias manifestaciones, así en los panteones de nuestra tierra nunca falta uno que otro de los árboles que popularmente llamamos “inmortal”, que por esta época cubren su copa de diminutas y acartonadas flores. Cada pueblo tiene su propia historia, y es su cementerio el sitio más apropiado para  buscar la forma más sencilla de encontrar las evidencias, los testimonios que nos destaquen a sus familias y personajes, incluso para reencontrarnos con la historia de Sinaloa, así por ejemplo el cementerio del Mineral de Nuestra Señora en Cosala cuenta con sólo un monumento funerario, dedicado a un párvulo que en su corta vida llevara el nombre de Miguel Ángel, nacido en el Mineral de Pánuco en 1901 y fallecido en 1902 en “Nuestra Señora”, lapida de mármol que en pocas palabras da testimonio de una etapa histórica en que la minería resultaba la actividad de mayor auge en Sinaloa.

            De igual manera, aunque hoy en día fuera del territorio sinaloense, el panteón de Álamos, Sonora es evidencia física del momento histórico en que este antiguo Real de Minas perteneció a Sinaloa, incluso denota la entrañable relación que existió con Culiacán y la dependencia económica que tenía con Mazatlán; en el mármol de sus lapidas están labrados los pensamientos y recuerdos dedicados a Culiacán, cuna de muchos de los que murieron allá. En tanto que la firma comercial de quien esculpió y labro las ricas formas funerarias, lo mismo que fundió el metal que adorna la exquisitez de cruces y rejas fue la “Fundición de Sinaloa”.

            Justo es reiterar que la historia de cada pueblo se encuentra inscrita en la madera, los metales y mármoles de su arquitectura funeraria, convirtiendo a su cementerio en el sitio más rico en evidencias físicas, donde uno mismo se puede topar con el epitafio más sabio del mundo, aquel que a la letra dice; “Como te ves me vi, como me ves te veras…”

Púlpito en el Templo de El Fuerte

En el interior del antiguo templo de San Juan Bautista de El Fuerte, que actualmente se ha consagrado a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, se encuentra un púlpito de recatadas líneas barrocas. Enteramente tallado en madera, la decoración de su antepecho no va más allá de un sencillo tablerado, el cual genera combinaciones de claroscuros con las simples molduras de cada uno de los módulos de forma  rectangular.

            El soporte de este mueble es un modesto pilar, sin basa, con  proporciones tales que lo hacen ver muy esbelto. Cuenta con un capitel conseguido a base de molduras, que en armonía con el conjunto muestra la sencillez del barroco tardío de principios del siglo XIX.